Los mosaicos de las paredes

La nave central es particularmente oscura, debido a la falta de mantenimiento, que, con el pasar de los años, ha llegado a comprometer el estado mismo del santuario. De todas formas, sigue siendo fascinante el efecto de los mosaicos con sus fondos dorados y las brillantes incrustaciones de madreperla que en otro tiempo recubrían todas las paredes de la basílica. La decoración de las paredes, de época cruzada, está dispuesta en bandas horizontales, hoy en gran parte cubiertas con yeso. Los últimos estudios de inspección relacionados con la restauración de la basílica han mostrado que las teselas de los mosaicos fueron colocadas con una cierta inclinación hacia abajo, con el fin de resaltar la belleza del mosaico al observarlo desde una posición inferior. En efecto: el peregrino que entra en la basílica recibe un fuerte impacto visual, aunque condicionado desfavorablemente por el mal estado de conservación de los mosaicos. El testimonio más directo y preciso acerca de esta decoración musiva es el del padre Quaresmi, quien, en su Elucidatio Terrae Sanctae (1626), describe minuciosamente todos los detalles de los mosaicos de las paredes. En el nivel inferior, en el lado derecho, están representados san José y los antepasados de Cristo, según el evangelio de san Mateo. Simétricamente, según palabras de Quaresmi, en el lado izquierdo debía de estar representada la misma genealogía según el evangelio de Lucas. En la sección intermedia, intercalados por hojas de acanto, están representados los siete concilios ecuménicos (Nicea, 325; Constantinopla, 381; Éfeso, 431; Calcedonia, 451; Constantinopla II, 553; Constantinopla III, 680; Nicea II, 787), cuatro concilios provinciales (Antioquía, 272; Ancira, 314; Sardes, 347; Gangres, ca. 340) y dos sínodos locales (Cartago, 254; Laodicea, siglo IV). Cada concilio está representado por un edificio sagrado y ofrece, en una extensa inscripción, la decisión tomada en asamblea. En el nivel más alto figura una representación de ángeles en procesión, todos en dirección hacia la Gruta de la Natividad, con caracterizaciones femeninas y vestidos con túnicas blancas. A los pies de uno de estos ángeles se encuentra la firma del artista: “Basil”, de probable origen sirio. En los transeptos de la basílica se pueden observar escenas extraídas de los evangelios canónicos: la incredulidad de Tomás (la mejor conservada), la ascensión y la transfiguración, en el transepto norte; la entrada de Jesús en Jerusalén, en el transepto sur. En el ábside principal, según el testimonio de Quaresmi, debía de estar representada la Virgen con el Niño; en el arco absidal, la Anunciación a María, entre los profetas Abraham y David; y sobre las paredes inferiores, escenas de la vida de la Virgen, según la literatura apócrifa. En la contrafachada, sobre el portón de entrada, estaría representado el Árbol de Jesé, con Jesús y los profetas. El mosaico está ahora cubierto con yeso blanco. El peregrino Focas, en 1168, dice haber visto en la iglesia la imagen de su emperador bizantino, Constantino Porfirogéneta. Sería un indicio significativo de que, incluso después del cisma de 1054 y estando la basílica bajo el control de los cruzados, existían buenas relaciones entre las iglesias de oriente y occidente. Una inscripción en el ábside principal menciona juntos los nombres de Manuel Comnenos y Amalarico de Jerusalén. Por tanto, los mosaicos debieron realizarse antes de 1169, en las últimas décadas de la presencia cruzada en Palestina, que terminó en 1187. Los mecenas fueron el rey cruzado de Jerusalén y el emperador bizantino: un ejemplo de colaboración único en la historia, que muestra la importancia que tenía en aquel tiempo el santuario de Belén. Los estudios efectuados tras los últimos trabajos de restauración han suscitado una nueva cuestión relativa al origen de los maestros artistas de los mosaicos. La hipótesis apunta la posibilidad de que fueran artistas locales quienes trabajaron en el proyecto decorativo, como por lo demás ocurría normalmente por evidentes motivos prácticos. Las firmas de los maestros de mosaicos, Efram y Basil, nombres de claro origen sirio, son un buen indicador para ubicar la procedencia local de los artistas. Es posible que intervinieran maestros o creadores griegos, pero resulta evidente que, quienes trabajaron en la decoración de estos mosaicos, conocían muy bien los grandes monumentos de Tierra Santa, decorados por artistas procedentes de occidente. Por ejemplo: en la nave central, en la banda decorativa que separa el segundo nivel (concilios) del tercero (ángeles), a la altura de las ventanas, aparece una máscara zoomorfa típica del arte románico europeo. Es posible, por tanto, reconocer en los mosaicos de Belén una armoniosa relación entre arte bizantino y arte occidental. Las últimas investigaciones concluyen que, en lo que se refiere al arte musivo, en la Basílica de la Natividad se forjó la muestra más grande de la época cruzada en el encuentro entre el arte bizantino y el arte cruzado. Los mosaicos simbolizan así el “perfil” ecuménico que la Basílica de Belén representa aún hoy para aquellos que la visitan: un punto de unión entre las Iglesias de Oriente y Occidente.

 

Los mosaicos del suelo 

La columnata de la nave central 

Presbiterio 

Los mosaicos de las paredes