La espera: María y José

Giotto, Procesión-Capilla de los Scrovegni, Padua

De todos es conocida la conmovedora historia de la Sagrada Familia, una humilde familia de Nazaret cuyas andanzas iluminaron la historia toda de la humanidad. La suya es una historia de obediencia a la Vida y a la Voluntad de Dios, que se manifiesta a los dos esposos pidiéndoles una fe inmensa y una grandísima valentía. María, antes de dar a luz a Jesús, vivía con José en Nazaret.

Tras el anuncio del ángel sobre la concepción del Hijo de Dios, María responde con su ‘sí’ sin demora y con el solo deseo de cumplir la voluntad de Dios. Seguidamente, también el justo José aceptó esta misma obediencia, acogiendo a María a pesar de que llevaba en su seno un hijo que no era suyo. Y, en toda esta experiencia de fe, en la que el Eterno eligió manifestarse en la historia, Cesar Octaviano Augusto ordenó el censo de los habitantes de todo el Imperio Romano.

A causa de este censo, José, junto con su esposa, que estaba en avanzado estado de gestación, tuvo que salir de Nazaret y dirigirse a Belén, pueblo de sus antepasados, para registrarse. Aparentemente, pues, fue sólo una circunstancia casual la que hizo que María diera a luz en Belén. No encontrando alojamiento mejor, se acomodaron en una de las muchas grutas que se encuentran en los alrededores del pueblo habitado. «Y sucedió que, mientras estaban allí, le llegó a ella el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada» (Lc 2,6-7).

En esta espera y en la imagen de la Sagrada Familia se encarna un escenario de vida cotidiana, que nos hace reflexionar sobre la figura maternal de María, «la mejor de las madres» (Juan XXIII), y la paternidad de José, el mejor de los padres terrenos. Para los cristianos es esencial contemplar a la Sagrada Familia como modelo y ejemplo para todas las familias de todos los tiempos.

La espera: María y José