La Revelación: Navidad y la luz divina

Giotto, Navidad-detalle, Capilla de los Scrovegni, Padua

La narración del nacimiento de Jesús que hacen los evangelios es muy concisa y está exenta de detalles poéticos o fenómenos maravillosos. El evangelista Lucas, utilizando un estilo de cronista, cuenta que durante la estancia en Belén se cumplieron los días del alumbramiento de María (Lc 2,6-7).

En su relato se menciona el ‘pesebre’ y se nos ofrece una imagen muy cotidiana de María: como todas las madres tras nueve meses de espera, dio a luz, envolvió en pañales al neonato y lo acomodó en un lugar seguro. Según la narración parece que no ocurrió nada extraordinario y, sin embargo, este nacimiento cambió radicalmente el curso de la historia. Jesús, Hijo de Dios, nacido de mujer, es decir, nacido como todos los seres humanos, queda sometido a la entera experiencia humana.

En este Niño-Jesús, Dios sale al encuentro del hombre, quiere hacerse su prójimo. San Pablo escribirá: «Envió Dios a su Hijo» (Gal 4,4); aclara así la naturaleza divina de Jesús, que elige encarnarse en la condición humana para indicar al hombre el camino de acceso al Padre. También el evangelio según Mateo es muy escueto. En primer lugar, el evangelista precisa que María dio a luz a Jesús «sin haberla conocido» José (Mt 1,25), indicando así que Jesús nació por obra del Espíritu Santo y afirmando consecuentemente la virginidad de María. Pero lo que se trasluce de manera clara en estas narraciones es la novedad que se abre ante los ojos del hombre: un Dios que, hecho hombre, elige la condición terrena, opta por la vía de la humillación, despojándose de su misma grandeza y condición divina para acercarse al hombre y hacerse semejante a él y partícipe de su naturaleza terrena.

La elección de la pobreza que hace Dios encarnándose en el pequeño Niño de Belén deja perplejo, escandaliza al hombre, que se había hecho una imagen muy distinta de lo que debería ser el Mesías. La revelación de Dios en la carne representa una absoluta novedad. En esto se revela profundamente el amor del Padre: Dios ofrece al hombre la Luz y la revelación en su Hijo. La Luz de Navidad consiste en que el Niño de Belén viene a liberar al hombre de la sombra de la muerte y del pecado. «El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande» (Mt 4,16; cf. Is 9,1).

El simbolismo de la luz que brilla en la noche oscura significa vida y felicidad; la luz destruye las tinieblas de la muerte. Se trata del esplendor del mundo celeste, una expresión simbólica de la santidad y de la gloria de Dios que evidencia la importancia de este momento como encuentro de Dios con los hombres. Esta luz y las circunstancias excepcionales de los acontecimientos de Belén nos ayudan a entender la alegría de la liberación ocurrida a través de la encarnación.

La Noche de Navidad es una ocasión única para evocar uno de los hechos más dulces y conmovedores de la vida de Jesús. En todas las culturas, la noche representa siempre un tiempo particular y propicio para las revelaciones divinas. Y de noche se produjo la encarnación del Hijo de Dios. En aquel preciso instante parece como que la vida de todo el universo quede suspendida ante el milagro de la encarnación, mostrando que toda la creación quedó concernida con la venida del Mesías, un acontecimiento que se convirtió en centro de la historia de la humanidad.

La Sagrada Escritura suele presentar el silencio y la paz de la creación en relación con las situaciones en las que Dios se manifiesta y actúa en la historia. El silencio se convierte así en condición indispensable para escuchar y acoger dignamente la Palabra eterna del Padre, esa Palabra que aquí, en Belén, se manifestó en el silencio de la gruta y que puede renacer cada día en los corazones dispuestos a recibirla.

La Revelación: Navidad y la luz divina